9 feb. 2013

ASÍ CURABAN ELLOS.


Somos ante todo, seres vibratorios... Lo que significa que nuestra existencia es real en varios niveles simultáneamente.

Centrarse en la salud total del ser y esforzarse en mantenerla en equilibrio presupone, tener presente el sentido de unidad.
Nos equivocaríamos totalmente si considerásemos los conocimientos de aquellos tiempos antiguos como una colección de supersticiones.

Muchas de las prácticas de aquellas épocas, coinciden de forma sorprendente con ciertos elementos de comprensión de la medicina holística de hoy en día.


Tanto en el Antiguo Egipto como en las comunidades esenias, siempre ha sorprendido constatar que esos Centros estaban lejos de ser solo simples hospitales o dispensarios.

En esos tiempos, las nociones de salud y de enfermedad estaban necesariamente vinculadas a la dimensión sagrada del ser humano.
El cuerpo no era considerado como un mecanismo terrestre perfeccionado. Se le consideraba parte tangible de un Todo, del universo de lo Divino.

Lo físico, lo palpable, era abordado como el eslabón final de la cadena de la Creación.
Todo terapeuta, maestro de su arte, sabía que tenía que subir lo más alto posible para identificar el o los origenes de una enfermedad para poder neutralizarla.
Por eso, la mayoría de los Centros de cuidados, eran también templos.
Todo se ordenaba entorno a una dimensión sagrada del ser. No era raro que se les diera el nombre de "Casas de Vida".

Salud, enfermedad y muerte se percibían como diferentes fases de la metamorfosis.
La muerte no suponía la derrota de la vida y la enfermedad traducía simplemente una falta de diálogo armonioso entre el Alma y el cuerpo.

Actualmente ¿Qué hospital o consultorio puede decir honestamente que es un lugar sagrado?
¿Cuántos médicos o profesionales médicos tienen la sensación de ir a trabajar cada día, con felicidad, a un lugar en el que se respira la esperanza de la curación? Sin duda muy pocos.
¿Qué enfermo puede dejarse llevar y hablar de su alma a un técnico que maneja una máquina y ni siquiera lo mira?

Los estudiantes a terapeutas de Egipto y de la fraternidad esenia, no se reclutaban entre los que se mostraban capaces de absorber simplemente un conocimiento.
Eran observados durante largos meses, a veces durante años, con el fin de comprobar su humanidad profunda y su resplandor.

La cualidad de terapeuta es el resultado en primer lugar, de un estado del espíritu.
Delante de las Casas de Vida egipcias se podía leer la siguiente inscripción: Ofrecemos lo que somos.
La destreza de ciertos terapeutas esenios resultaba de un estado de servicio.
Una de las primeras preguntas que los terapeutas hacían a los enfermos era esta: ¿Contra quién o contra qué estás en guerra? No es a su cuerpo a quien se consulta en primer lugar, sino a su Alma, y eso cambia todo.

En el seno de las fraternidades egipcias y esenias, lo habitual no era analizar con lupa un síntoma. Se buscaba en primer lugar centrarse en las causas que provocaron la enfermedad. Era comprender qué desarmonía se había adueñado del cuerpo y era el resultado de una guerra interior, contra qué circunstancia luchaba, contra qué persona y, sobre todo, por qué luchaba contra sí misma.
Dentro de las prácticas terapéuticas, se encontraba la lectura del aura como una herramienta de diagnóstico y prevención.

Mediante ese diagnóstico, podían evaluar la situación global del enfermo y su objetivo último era, llevar poco a poco a la persona, a la toma de consciencia de sus dificultades internas, solo utilizaban la lectura de los cuerpos sutiles como método de aproximación y como base de reflexión para poder acercar al enfermo el origen de su dolencia, para confirmar o invalidar una situación.

También los aceites tenían gran importancia en los tratamientos. Veían en ellos primero, el carácter receptivo  de un aceite y segundo, la gran capacidad de penetración en el cuerpo, representando el elemento por el cual, lo sutil y lo sagrado podían introducirse más fácilmente hasta el corazón.
Para ellos, estar sano no significaba solo gozar de un cuerpo en buenas condiciones, era no esconder posibles "bombas de efecto retardado" dentro de uno mismo. Era tener el cuerpo, el alma y el espíritu sin la menor disonancia.

Era ser, simple y alegremente, uno con el Todo.
Fragmentos del libro: Así curaban Ellos.
Daniel Meurois.
Editorial Isthar Luna-Sol

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