20 jul. 2013

¿POR QUÉ APARECE LA ENFERMEDAD?


“… Una de las primeras preguntas que los sacerdotes-terapeutas del Egipto de Akhenatón hacían a sus enfermos era esta: “¿Contra quién o contra qué estás en guerra?”
Del mismo modo, el Cristo preguntaba frecuentemente a los que buscaban la curación a su lado: “Dime, ¿quién es tu enemigo?”
Estas preguntas, que pueden sorprendernos hoy día, nos dan sin embargo una idea de la mirada que se posaba en aquellos tiempos sobre la noción de la enfermedad.
Es evidente que cuando un ser que sufre es recibido de este modo, se ve en seguida llevado a la raíz de sí mismo y a hablar de las “verdaderas cosas” de su vida. No es el cuerpo lo que se consulta en primer lugar, sino su alma, y eso cambia todo.
Así, en el seno de las Fraternidades egipcio y esenia, lo habitual no era analizar inmediatamente “con lupa” un síntoma. Se buscaba en primer lugar centrarse en el mundo, frecuentemente mudo, de las Causas, del Orígen.
Es fácil comprender que la desarmonía que se adueña de un cuerpo es la resultante de la guerra interior que un ser lleva, a menudo a sus espaldas, contra una circunstancia, contra una persona y, sobre todo, contra sí mismo. ¿Por qué sobre todo? En mi opinión, fue el Maestro Jesús en persona quien expresó mejor la razón, durante una conversación privada con algunos de sus discípulos…

Con frecuencia os escucho acusar al otro, o a las circunstancias de vuestra vida, cuando la enfermedad toma posesión de vosotros. Clamáis contra la incomprensión, contra la injusticia, e incluso a veces la tomáis con vuestro Padre Celeste… ¡Qué ceguera, amigos míos! ¡Y qué falta de escucha a todo con lo que os cruzáis en vuestro camino! ¿No sois vosotros quienes habéis generado, una tras otra, cada una de las circunstancias y de los encuentros de vuestra vida? ¿No es exacto que si os encontráis ahora frente a mí, es porque habéis hecho elecciones y dirigido vuestros pasos en una dirección y no en otra? Yo soy vuestra circunstancia… para cierta forma de salud.
Escuchadme y creedme… Somos siempre circunstancias unos para otros. Las piezas de un gigantesco juego que atraemos hacia nosotros o que repelemos. Quiero decir que todos somos, unos respecto a otros, oportunidad para crecer o para estancarse. Somos los acontecimientos por los que nos modelamos y nos remodelamos mutuamente.
De este modo nos fabricamos nuestros equilibrios y nuestros desequilibrios. Nuestras ocasiones de salud así como las que de nuestras enfermedades son los justos frutos de las elecciones que hacemos. El otro, aquel al que acusamos, no es más que el pretexto tras el cual se esconde nuestra ceguera y nuestra inconsciencia. El enemigo es siempre algo que criamos y al que nutrimos constantemente en nosotros mismos… Y lo inventamos en su totalidad ya que, en realidad, no existe.
Tal discurso, si lo llevamos a su más simple expresión, solo nos habla de una cosa: el sentimiento de unidad que debe presidir el equilibrio físico y psicológico de todo hombre y toda mujer.
La percepción de una Unidad que había que realizar con uno mismo y con el mundo estaba verdaderamente en la base de la salud tal como la concebían las Tradiciones a las que nos referimos. Partiendo de esta visión, el enfermo era alguien que se hacía atrapar en una trampa. La de la dualidad y la separación.
Por tanto, el estado de ruptura y de desarmonía que resultaba era visto como el creador de cierto número de cortes en la conciencia, que se prolongaban de forma totalmente natural hasta los cuerpos más densos. En otros términos, se concebía que el arraigo de un estado conflicto en el ser se convertía casi necesariamente en el germen de un futuro trastorno de salud. A ese nivel, esto coincide de forma evidente con la noción moderna de “enfermedad psicosomática”.
Sin embargo, la comprensión tradicional de la enfermedad no se detenía ahí. Admitía y exploraba una dimensión mucho más vasta de nuestro universo. La dimensión del pensamiento humano y de la reserva de energía que este constituye.
Nuestro mundo moderno reivindica el descubrimiento de las ondas cerebrales porque ha empezado a medirlas. Sin embargo, no ha hecho sino dar nombre diferente y algunas cifras sobre una realidad ya conocida por los antiguos egipcios. Ellos y sus herederos sabían bien que el simple hecho de pensar pone en movimiento fuerzas que, por impalpables que sea, no están desprovistas de influencia ni de un poder real sobre nuestra vida. De este modo, estimaban que cada individuo se rodeaba de una corriente de vida psíquica que le seguía a todas partes, que evidentemente proyectaba entorno a sí pero en la que, ante todo, él mismo se bañaba y de la que dependía la globalidad de su salud…”
Extracto del libro “Así curaban ellos” de Daniel Meurois-Givaudan.
…de los Egipcios a los Esenios, un acercamiento a la terapia.

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